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CERCANIA Y SUPERVIVENCIA
CERCANIA DE LOS MUERTOS
Los muertos están cerca. Están presentes en su vida, conviven con los hombres y conducen todos los hilos de su existencia. Pero los muertos, no están muertos. Son muertos vivientes, que no han terminado su existencia. Están cerca de los hombres. Conviven con los humanos, y los humanos con ellos. Pueden intervenir en sus asuntos y tienen gran poder para ayudarlos o perderlos. Pueden invocarlos y consultarlos, cosa que hacen frecuentemente. Juntos forman la gran familia africana, que reúne a los vivos y a los muertos
En la religiosidad bantú los muertos ocupan el primer plano. Son los espíritus de los antepasados, bakulu, intermediarios entre Dios y los mortales y poderosos para proteger o castigar a los vivos. De hecho intervienen con frecuencia en la vida de sus descendientes sobre la tierra.
SUPERVIVENCIA DESPUES DE LA MUERTE
La muerte para el bantú no constituye el término definitivo y total del hombre. Es más bien un proceso largo y gradual. Después de su desaparición física, sigue existiendo aún durante cuatro o cinco generaciones mientras sea evocado por sus familiares y amigos, sea en los rasgos de sus personalidad o en sus comportamientos.
«Mientras el difunto es recordado por su nombre, aún no está realmente muerto del todo: está vivo y pertenece a la categoría de los que llamaríamos «muertos-vivientes». Un muerto-viviente es una persona físicamente muerta, pero viva en la memoria de los que la conocieron y viva también en el mundo de los espíritus. Mientras sea recordada se encuentra en un estado de inmortalidad personal exteriorizado en la continuación física de la procreación, de forma que los hijos llevan en sí mismos los rasgos de sus padres».
Los Bakongo tienen una imagen fuerte para expresar esta pervivencia humana: lo mismo que la serpiente cambia de piel sin destruirse, así el hombre, al pasar por la muerte, se desembaraza de su envoltorio exterior, el cuerpo, que se descompone en la tumba, mientras el hombre verdadero se va a la morada de los antepasados.
Según la creencia tradicional, los muertos viven en aldeas semejantes a las terrestres. Poseen sus casas, sus campos y palmeras de donde extraen el vino, sus bosques y ríos, poblados de caza y de pesca. Estas aldeas invisibles, sin conocer exactamente su emplazamiento, las sitúan siempre en las tierras del clan, de las que los antepasados siguen siendo los verdaderos propietarios y guardianes.
Se cree que el más allá está calcado sobre la vida presente. La vida de los difuntos es muy semejante a la de los vivos en cuanto a actividades: comen, beben, engendran, cazan y pescan, se pasean y divierten a placer, en un estado de felicidad y bienes paradisíacos y están dotados de una fuerza y poder muy superiores a los de los vivos.
Después de la muerte el hombre se dirige a estos lugares donde viven sus antepasados, quienes se constituirán en sus jueces. Si ha respetado las creencias, leyes y costumbres que ellos han dejado, sobre todo si durante su vida les ha rendido el culto que les debe, será admitido a la comunidad. Por el contrario, si no ha sido fiel a las tradiciones ciánicas y ha olvidado a los muertos, será expulsado y condenado a vivir en errante soledad.
Una de las ocupaciones de estos condenados vagabundos será la de perseguir, atacar, perjudicar y, si pueden, devorar a los vivos, para vengarse de los muertos en su descendencia, ya que sobre ellos directamente no tienen ningún poder.
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