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NDOKI - EL BRUJO
Es la personificación misma del mal. Es la suya una fuerza maléfica. Vampiro con forma humana, come a los hombres, bantu kadianga. Devorador de hombres. No es una antropofagia física, sino imaginaria o volitiva, pero real y terrible.
La brujería es un estado, algo permanente y constitucional. El brujo lo es para siempre y su poder maléfico está constantemente en acción, buscando nuevas víctimas.
No emplea amuletos o medios especiales, como el hechicero. Un simple deseo, un gesto o una palabra desencadenarán las furias del mal contra su víctima. Pero en secreto normalmente se sirve del veneno para eliminarlas.
Los brujos son las personas más temidas, más terriblemente odiadas y perseguidas de la sociedad bantú. Hay que alejar de sí hasta la más mínima sospecha de brujería. Así, por ejemplo, cuando un bantú invita a beber, el que ofrece tomará el primer vaso ante todos, para mostrar que no hay veneno en la bebida, mu katula kindoki. Por el mismo motivo ha pasado a ser una norma de educación bantú, no servir la bebida cuando el invitado está ausente o distraído.
Se puede ser brujo por nacimiento o por herencia, como un terrible sino que cae sobre ti, aún sin saberlo. Por iniciación: el maestro brujo inicia a su alumno en la utilización de un fetiche para conseguir sus fines. Esta categoría de brujos necesita del fetiche para actuar y corren el riesgo de ser descubiertos.
En una sociedad escamada de tantas venganzas y brujerías, existe una verdadera «caza del brujo». Aparte del dictamen del hechicero o del profeta, hay ciertas pistas para descubrirlos o imputarles el crimen: la constitución especial de ciertas personas, como gemelos, albinos... o personas con notables defectos físicos por nacimiento; un cambio brusco de estatuto económico; violentas reacciones psicológicas, como estallidos de cólera... pueden hacer recaer las sospechas de brujo, el mayor crimen que se puede achacar a un bantú. Es una verdadera sentencia implícita de pena capital.
Cuando uno es acusado de brujo se siente perseguido, aislado, hasta el punto que nunca podrá aceptar una invitación extraña, ni comer los manjares que su propia mujer le prepara... por miedo a ser envenenado.
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