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Pueden sumarse, aumentar o disminuir y pueden influir en los humanos para el bien o para el mal. Captar esas fuerzas, conjurarlas o manipularlas, constituye el mundo mágico. Ahí radica el secreto y el poder de esos «seres privilegiados» y temibles, que se llaman hechiceros, profetas, reveladores o brujos.
El universo sería como una telaraña. El pequeño movimiento de un hilo repercute en toda la red.
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Tal movimiento en tal sitio va a producir tal efecto en otra parte. Hay una correspondencia de opciones, una interacción de fuerzas, que hay que descubrir e interpretar. No existe el azar ni las coincidencias. Sumemos aún otros principios evidentes al bantú: "La parte vale por el todo". Para actuar sobre una persona, me basta actuar sobre una parte de ella: cabellos, uñas, dientes, vestidos... o sobre sus propias huellas. Pongamos aún la acción a distancia: puedes perseguir, ayudar o aniquilar a una persona lo mismo con la intención o el pensamiento que con una bebida ponzoñosa o una cuchillada en el corazón. Y ya tenemos la maraña impenetrable de lo mágico en la que se enredan y pierden los bantúes.
Se llama kindoki a la posesión de este poder «supranatural». Kindoki significa poder o fuerza. La acepción corriente califica generalmente este poder de maléfico. Sin embargo puede ser presentado también como benéfico. De hecho se trata de un poder ambivalente, ambiguo, que suscita el miedo y el temor. Puede perjudicar, como puede proteger. Será positiva o negativa según el empleo que le dé el adivino. Puede ser empleada para destruir la vida o los bienes de otro o para enriquecer y reforzar la personalidad del poseedor o de su cliente. Será una «inteligencia» y un «poder», distintos y superiores a los simplemente humanos. La llaman significativamente «inteligencia de la noche», ngangu za mpimpa, para expresar lo misterioso y oscuro de estas fuerzas suprahumanas. Todo lo que salga de lo normal y aparezca con visos de extraordinario tenderán fácilmente a explicarlo, no por sus causas naturales, sino por su «causalidad mágica». Un hombre enferma de repente, contrae una enfermedad mental, una apoplejía, epilepsia... Son los brujos, bandoki, quienes lo han matado o lo atormentan.
Estas fuerzas misteriosas no actúan por sí solas. Los detentores de este poder tienen su técnica. Las ponen en conexión con el mundo natural por medio de signos, objetos, fetiches, en los que han concentrado su fuerza, como una batería cargada de electricidad. No es indiferente emplear un signo, un objeto u otro, un fetiche u otro. Cada fetiche tiene que encontrar su longitud de onda para ser eficaz. Son fetiches especializados. La ley de semejanza o de contrastes o la de simple contagio, tienen aquí su aplicación. Así para atraer la lluvia, puede ser signo eficaz arrojar agua al aire o bien ofrecer un sacrificio de harina seca. Una fuente se considera portadora de fertilidad, porque el agua favorece la vegetación.
Estos son los hombres privilegiados, con un poder y una inteligencia superiores a los demás mortales. Capaces de controlar esas fuerzas oscuras, de dominarlas y ponerlas al servicio o ruina de los hombres.
El hechicero (nganga nkisi)
El brujo (ndoki)
El adivino (nganga ngombo)
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